El último post

Acabo de cumplir 30 años. Según la Organización Mundial de la Salud, dejé de ser joven. Y para hacer algo concreto con esta arbitraria ocasión, dejaré de postear en este blog. Por falta de tiempo y por la evidente decadencia del formato “Blog”, abandonaré (al menos por ahora) este espacio.

Davorloft nació en Blogspot en mayo de 2005. Luego pasó a Blogspirit en noviembre del mismo año, para finalmente quedar en esta versión desde agosto de 2006, con dominio propio. Tal como se cierra esta etapa “bloguera”, se me cierra una etapa generacional donde, si bien no espero que signifique un cambio personal, sí he cambiado de categoría. Ya no soy joven. Y en las siguientes líneas pretendo resumir desde mi experiencia política lo que el ser joven implicó: los logros, fracasos y desafíos para las próximas generaciones. Aprovecho plasmar estas ideas en la coyuntura de la inminente elección presidencial que, por sus novedosas características, marcarán un nuevo inicio para la política chilena.

Parto por decir que me siento privilegiado. Soy parte -sin merecerlo demasiado- de una generación que intentó decididamente cambiar la política a nivel nacional. Desde y para los pasillos de la UC logramos bastante: Opción Independiente, FEUC de 2006 y la formación poco intencionada de una escuela de liderazgo por donde pasaron parte importante de los líderes juveniles que hoy tienen hoy entre 23 a 33 años.

Este proyecto nació como un intento revolucionario: reunir bajo una misma bandera a personas que provenían de veredas opuestas en la grieta ideológica que ha definido al Chile de las últimas décadas, basada en la posición personal -y familiar- en la disyuntiva Si/No de 1988. Y aquí, donde tuvimos nuestro mayor éxito, también demostramos tener el mayor fracaso.

En la UC esta alianza, construcción y trabajo se dio en forma natural, demostrando que en la práctica esta división izquierda-derecha que se nos impone y alrededor de la cual se supone nos definimos políticamente, no es necesaria. Pero fuera de las aulas universitarias, no fuimos capaces de mantener el puente en pié. Duramos sólo un par de años y un par de tímidos intentos: la corta idea de un “partido por la juventud” y luego el algo mas exitoso movimiento político juvenil “A Tomarse Chile”. Luego, nada.

De este grupo y salvo contadas excepciones, todos quienes continuaron con alguna participación política, volvieron a la vereda a la que pertenecían -personal o familiarmente- antes de entrar a la universidad. Y esto es brutal. El poder de atracción cultural, económico y de ambición política de las estructuras que tanto criticamos, fue mayor que la energía puesta en la mantención del nuevo espacio que habíamos construido.

Este poder de atracción se dio de varias maneras. Algunos -válidamente- siempre vieron la aventura universitaria como una pausa en sus proyectos personales-ideológicos de largo plazo, siempre reconociéndose como pertenecientes a una de las alternativas políticas tradicionales. Otros aprovecharon la experiencia y visibilidad ganada para alimentar sus ambiciones más personales que colectivas. Otros simplemente recibieron ofertas económicas que no quisieron rechazar. Para otros -como suele pasar- las confianzas personales terminaron. Pero absolutmente todos (me incluyo) carecimos de la combinación de convicción y voluntad para seguir adelante.

Algunos intentaron crear/potenciar/tomarse un nuevo referente (Independientes en Red) que, desde la derecha, deseaba renovar la política. Si bien hablan de traspasar las fronteras ideológicas, el grupo por ellos formado no tiene la disposición de cruzarlas. Hablaron de ser transversales, pero nunca se atrevieron institucionalmente a serlo. Es más, la indecisión demostrada ante la coyuntura presidencial terminó por provocar que la misma derecha que intentaban reformar, terminara por expulsarlos de su seno. Sin recursos y con escasos apoyos, la supervivencia del referente hoy yace en la duda.

Otros participan en la campaña de Eduardo Frei a través de la plataforma de Océanos Azules. Convocados con la promesa de hacer el cambio “por dentro” (la misma promesa cuyo rechazo permitió el nacimiento de la OI en la UC), han sido cada día más relegados a un segundo plano, mientras ven que la renovación generacional, las nuevas caras y los espacios que supuestamente estaban abiertos, se convierten rápidamente más en un recuerdo de promesas quebradas que en el brillante futuro que anhlelaban. Para todo efecto práctico, también fueron expulsados de la centro-izquierda que esperaban reformar.

Lo que estos dos últimos grupos tienen en común, es que decidieron cambiar las estructuras políticas por dentro, escogiendo uno de los caminos preconstruídos en la dicotomía del ‘88. Y ambos grupos terminaron siendo exiliados de las estructuras de poder y de los espacios de cambio. Hoy, yacen en la propia disyuntiva de seguir en ese camino (quizás asumiendo que ya quemaron sus naves) arriesgándose a la irrelevancia política permanente, o de salir antes que sea demasiado tarde y partir nuevamente desde cero.

La pregunta es: ¿qué habría pasado si hubiéramos sido -todos- capaces de mantenernos al mismo tiempo unidos y alejados de la división política tradicional de izquierda-derecha?

Sin sobreestimar nuestras propias capacidades, no me cabe duda que un importante grupo de jóvenes convencidos y con experiencia de años trabajo colectivo, habrían sido una diferencia en potenciar -por ejemplo- una alternativa presidencial. No tengo muchas dudas cuál habría sido esa candidatura: que rechaza la división del 88, que trae caras eminentemente nuevas y que trata los temas tabúes de la vieja política. Habríamos podido entregar la fuerza necesaria para que esta alternativa escogiera decididamente el camino en su gran disyuntiva: ser una nueva concertación en torno a una nueva izquierda, o ser una nueva coalición en un nuevo espacio político en torno a nuevos temas.

Lo claro, es que esta nueva realidad política nos da la meridiana razón en el argumento que creó el referente en la UC. Opciones transversales son posibles y reales. Hay un hambre arrolladora por nuevos estilos, nuevos temas y nuevas caras. El espacio político que veíamos como oportunidad para cosechar, existe y es más real que nunca.

Pero la mayoría de nosotros hoy están en otras veredas. Y quienes hemos terminado apoyando esta candidatura, lo hemos hecho con las limitaciones naturales de las parcelas desde las cuales manejamos nuestra participación.

Y así es como perdimos una (la?) oportunidad. De influir colectivamente e incluso de entregarle cuotas de elegibilidad a un proyecto político relevante. De llevar una generación de rostros nuevos -casi todos sub 30- con experiencia política independiente al servicio público. El modelo “Expansiva”, seguido por IR u Océanos Azules, que habla de buscar referentes externos a través de los cuales tomarse Chile por asalto, habría sido innecesario. La llegada habría sido directa. Inmediata. Sin intermediarios y sin concesiones. Éramos nosotros. Desde los pasillos de la UC al gobierno. Y así cumplir la promesa con la que nosotros mismos vestimos a nuestra generación.

Escribo sin remordimiento. Este escenario no es el fin del camino, sino puede ser el inicio de algo mayor. Pero el arrojarnos -como generación- la representatividad de la juventud en la política, ya es un camino cerrado. Estamos viejos, añejos, antiguos. Es tarde para iniciar un camino político-colectivo-institucional que le entregue -desde la juventud- nuevos bríos al país. Esa es tarea para quienes nos siguen. Y para ellos es nuestra breve historia.

La lección con las que me quedo al finalizar mi aventura política juvenil (no mi aventura política) es que nada puede anteponerse a un grupo decidido de jóvenes convencidos. No existen límites fuera de los que ellos mismos crean en sus mentes. Ni restricciones fuera de las que ellos mismos marcan en sus caminos. Sólo los propios titubeos y la caída en las propias tentaciones son los enemigos de un camino político colectivo. Lo demás es música.

La principal lección queda en la pregunta que alguna vez le hicieron a un viejo estandarte del Mapu:

- “La clase política tiene tomado el poder y no parece dispuesto a entregarlo a nuevas generaciones. ¿Cómo lo hicieron en los años 60’s para sacar del protagonismo a una generación tan o casi tan enquistada como la actual?”

La respuesta fue simple y brutal:

- “Los sacamos a patadas. Nadie va a entregar ninguna cuota de poder. Hay que arrancárselas de las manos”.

Por qué voy a votar por MEO

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Este es el penúltimo post de este blog.

Votaré por MEO en primera vuelta. Y si tengo la oportunidad, lo haré con gusto en segunda.

Cuando comparo las posibilidades que la Concertación y la Alianza ofrecen para Chile, no me impresiono. Dudo que mucha gente lo haga. El duopolio que caracteriza nuestra política se mantiene inamovible a pesar del enorme desgaste que ha asolado a ambas coaliciones. Principalmente a la Concertación.

Pareciera como si el sistema pudiera sobrevivirse a sí mismo independiente de cuántos liderazgos importantes vayan quedando en el camino. Hoy la Concertación es sólo un penoso reflejo de lo que fue. Habiéndose jubilado sus principales líderes políticos y éticos, hoy está protagonizado por la estructura que antes transaba en las sombras cargos públicos y poder, junto a los escasos dirigentes que se mantienen vía un exagerado sentido de la ética de la responsabilidad y que son relegados a cargos de menor poder. Hoy estos protagonistas, al no tener real contrapeso político interno, ya no trabajan en las sombras: la transaca de los lotes y facciones es ya a la luz del día, cada día.

Además de lo anterior, pareciera que la alianza DC-PS está llegando a su límite: las políticas en las que ambos bloques estaban de acuerdo parecen haberse agotado. Es cada día más difícil encontrar visiones comunes, lo que redunda en una trágica disminución de la oferta de ideas y políticas públicas por parte del oficialismo.

La Alianza ha mejorado en todos sus órdenes. Se ha disciplinado y está detrás de un liderazgo relativamente claro. Pero no deja de ser prisionera de la ultraconservadora UDI y esquemas que son más parte del pasado que del futuro. Si bien hoy promete una mayor gobernabilidad en términos internos, lo hará con una minoría parlamentaria (en cualquier escenario menor a la que también sufrirá la Concertación) y con grupos sociales que estarán mucho mas presentes creando inestabilidad y dificultando los proyectos.

Los cuadros con los que llegaría a gobernar la Alianza son un símil a los actuales: personas de historia partidaria con los mismos vicios que la Concertación. Es cierto, el tiempo en el poder acrecienta los malos manejos y la corrupción, pero no podemos esperar un gobierno de Piñera libre de ellos. Habrá menos, pero habrá.

Lo que une a las candidaturas lideradas por Piñera y Frei es el incentivo a mantener la puerta de la política cerrada por dentro. Ambas coaliciones están tan bien acomodadas que un cambio de una a otra será poco más que cosmético. El interés por el sistema binominal, el interés por mantener un estricto control central de las regiones, el interés de no incentivar demasiado la participación juvenil. Cuando son pocos controlando el Estado, éstos harán todo lo posible por mantenerse. Cualquier cambio, cualquier aumento en esos controladores, forzosamente implica perder poder. Y nadie en sus cabales está dispuesto a hacerlo a voluntad: a la gente con poder se la echa a patadas, no con suaves interpelaciones a la buena voluntad.

Quizás lo más grave es la calidad de la renovación interna de las coaliciones. Tanto en la Concertación como en la Alianza, nuevos cuadros comienzan a reemplazar los espacios que van dejando la jubilación de los viejos líderes y la cooptación de esos espacios por quienes antes ocupaban una segunda línea en el poder. El problema es que éstas “juventudes” (a veces de alrededor de 40 años) están demostrando ser -salvo puntuales excepciones- de una calidad que no se condice con los desafíos de sus coaliciones ni del país. Son el resultado de los magros procesos de reclutamiento de juventudes partidarias a las que no llega exactamente la crema y nata de cada generación. E incluso dentro de ellas sólo existe espacio para quienes suelen ser más serviles a los intereses de corto plazo de las directivas partidarias o lotes relevantes de turno. Hoy estamos viendo cómo comienza a ser cada vez más usual encontrar a estos supuestos adalides de la renovación, envueltos en escándalos, corruptelas o demostraciones de bajeza moral y política que hacen enrojecernos a todos.

Tal vez este último punto es el que más me preocupa. Porque indica cuál es el futuro de los actuales coaliciones y partidos. La renovación de protagonismos es un mal chiste: los estilos son iguales o peores y los contenidos son los aceptados y consensuados con sus “mayores”.

Y en esto sale este chascón.

A diferencia de Frei o Piñera, los incentivos de MEO están alineados con la renovación y apertura política. Tanto por interés valórico (en el cual no tengo porqué confiar) como en interés personal (en el cual sí puedo creer): Como no tiene equipos formados, está forzado a abrir las puertas. Como no tiene partido, está obligado a bajar las barreras y promover la entrada de nuevos actores. Como sus escasos cuadros no han estado enfrascados en el Estado, no tienen intereses creados y tienen las manos mas limpias y libres.

El “pero” es claro: le falta experiencia y no tiene con quién gobernar.

No puedo decir que un gobierno de MEO sería espectacular, ya que los problemas mencionados son reales. Pero sí puedo analizar cuáles problemas serán más soportables. Un gobierno gastado y cansado, lleno de corrupción y malas prácticas. Un gobierno con las fuerzas sociales en su contra y atrapado por el extremo conservador. O un gobierno que mientras trabaje para abrir la política, cometerá grandes errores y se caerá varias veces.

En una perspectiva en la cual no veo una coalición que realmente le ofrezca reformas viables y relevantes para el futuro de Chile, me quedo con el tercero. Al menos, con suerte, algo quedará.

Todo lo anterior, es además de mi convencimiento que tanto la UDI como la DC son barreras casi impenetrable que usan y seguirán usando su poder de veto para impedir cambios relevantes que lleven a Chile hacia adelante.

Por todo esto, votaré con gusto por MEO en primera vuelta, convencido que mi voto es una señal para potenciar los valores y el mensaje en el que creo: la política necesita una apertura y necesitamos un recambio de ideas, estilos y liderazgo. Y urge una mirada tanto liberal como progresista para enfrentarse a los desafíos del presente y futuro.

Votaré por MEO independiente de si puede pasar a una eventual segunda vuelta. Y si lo hace, votaré con la misma convicción.

Si no lo hace, deberé escoger entre los dos primeros gobiernos que describí. Y la elección no es nada fácil.

El fin de la promesa de gobernabilidad

La actual campaña presidencial ha develado algo que la trasciende: independiente del resultado, la Concertación ha perdido su imbatibilidad histórica. El último de los atributos que explicaban su fortaleza, ha sido desmantelado por sus propias fallas y anquilosamiento.

Luego de haber perdido su superioridad moral entre los escándalos de corrupción y de haber perdido la bandera de la eficiencia con el Transantiago, hoy la Concertación está perdiendo la última de las razones que la hacían históricamente imbatible: la promesa de gobernabilidad.

Esto se refleja en lo sustantivo de la diferencia entre el ánimo reinante en la competencia Piñera-Lavín de 2005 y la que ocurre hoy entre Frei y MEO. En los primeros se entendía un acuerdo tácito de apoyo mutuo en una eventual segunda vuelta. Si bien los mismos candidatos no lo anunciaban así, sus equipos se encargaban de asegurarlo.

En cambio, la disputa entre el candidato oficial y extraoficial de la Concertación, ha llegado a un nivel de odiosidad en la que pareciera que prefieren que ninguno llegue a ganar, antes que gane el otro. Pareciera que se prefieren derrotar mutuamente con más fuerza que el deseo de derrotar a Piñera.

A tal grado ha llegado la campaña, que los candidatos no se legitiman entre sí como tales. El establishment concertacionista acusa a MEO de no haber aceptado las reglas de selección de candidatos, y haber pateado la mesa cuando no fue seleccionado como tal por su partido. Mientras éste, acusa a Frei de haber participado de unas primarias espurias y no democráticas.

Lo que queda claro es que el problema de la Concertación no son sus candidatos. Frei sólo acató las reglas que tenía por delante. MEO no legitimó el dudoso mecanismo ad-hoc escogido por los partidos para las primarias. Para el primero los partidos son un estorbo que ha paralizado su candidatura. Para el segundo son un enemigo a derrotar.

Finalmente son los propios partidos de la Concertación, que por décadas aseguraron la gobernabilidad, los que hoy se han deslegitimado como manejadores del poder y han perdido la confianza de buena parte del electorado para guiar los destinos del país.

En esto, la Concertación llegó a un nivel de discusión interna que sólo permite recordar a la derecha de antaño. La de las zancadillas, odiosidades y luchas internas que impedían la proyección política y la mantenían condenada a ser oposición.

El último (y tal vez único) argumento con que la Concertación comenzó la actual carrera a la moneda era la gobernabilidad. Y en un contexto en el que Piñera había perdido todas las razones que le hacían esperar un triunfo, esta ventaja podía ser suficiente. Pero la demostrada incapacidad de los partidos oficialistas en hacerse de la oportunidad, le van pavimentando el camino al candidato de derecha hacia la moneda.

La superioridad moral la Concertación la perdió sola. La tímida y siempre implícita desafección de la Alianza con respecto a su pasado dictatorial se aseguró de ello. Lo mismo para la eficiencia en el manejo del Estado: La Concertación logró perder esa cualidad mientras la Alianza no ofrecía ninguna alternativa real que traspasara la medida de la crítica populista.

El fin de la promesa de la gobernabilidad se debe, también, más a los pecados y decandencia de la Concertación que a una mejor alternativa presentada por la Alianza. Nivelando así, una vez más, hacia abajo.

Analizando la CEP

La importancia de las encuestas no radica en su capacidad de cambiar la realidad, ya que se supone que las encuestas sólo la revelan. La importancia está en su capacidad de cambiar las percepciones, sobre todo cuando la reputación de la encuesta le entrega suficiente confianza como para superar a la percepción. Este es el caso de la Encuesta CEP, la “decana” de las encuestas políticas chilenas. Es la más rigurosa, la más abierta y la más cara de hacer. Por lo mismo, es la más respetada. Y apareció ayer.

Lo más importante e histórico de la encuesta no son los resultados presidenciales, sino los de aprobación presidencial. Bachelet marca un 66% de aprobación, que es la mayor de toda la historia de la encuesta (que viene desde el año 1991). El anterior “récord” era de Lagos, quien obtuvo un 61% el año 2005. Esto convierte a Bachelet en la presidenta más popular de la historia de la Concertación. ¿quién lo diría hace dos años?

Pasando a los resultados de la carrera presidencial, entre el mar de datos disponibles tomaré los de pregunta abierta y de votantes inscritos. Pregunta abierta porque ésta marca apoyo concreto a los candidatos.. ya que los “escenarios electorales” dependen de qué candidatos participan del sondeo y sólo son válidos después de Septiembre, una vez que tenemos el “escenario” ya claro. Mientras tanto, los escenarios más marcan “apoyo potencial” que apoyo logrado. Y considero votantes inscritos, ya que a estas alturas estamos claros que no tendremos inscripción automática, por lo que sólo ellos deciden. Los demás.. no son relevantes.

Tomando lo anterior, el resultado es de 31% para Piñera, 25% para Frei y 9% para Enríquez-Ominami (MEO). La importancia de la encuesta radica en el mal resultado para Piñera, la oportunidad perdida para MEO y la gran sorpresa de Frei. Por ésto, bien podemos estar ante un punto de inflexión en la campaña. Vamos viendo:

El caso de Piñera es paradigmático. Si bien tuvo una extrema preocupación por no caer en los mismos errores de Lavín, quien nunca salió del escenario público entre el 2000 y el 2005, está teniendo resultados similares. Todo indica que el peak de Piñera fue cerca de hace un año atrás, cuando corría prácticamente solo. Pero con el tiempo perdió todas las razones que hacían predecible un fácil triunfo este año. Si bien sigue “estancado en el primer lugar”, en la carrera presidencial no sólo importa el dato duro sino también la tendencia. Por ésto Piñera ya no es el favorito. Hace tiempo. Su oportunidad radicaba en la fuerza que pudiera tener MEO para partir a la Concertación y así Piñera ganar en segunda vuelta por las mismas razones por las que perdió el 2005. A menos que revolucione su campaña o Frei se equivoque demasiado, está perdido. Tal como Lavín, será un “próximo presidente que nunca fué”.

En el campo de MEO, no hay nada que celebrar. Si bien apareció de la nada hasta hoy tener buenas probabilidades de convertirse en el “tercer candidato” más importante desde el retorno de la democracia, perdió su gran oportunidad. Tuvo una ventana de elegibilidad que al parecer acaba de desaparecer. El hecho que la CEP no haya medido su desempeño en una eventual segunda vuelta le quitó legitimidad y una ventana argumental a su favor. Hoy MEO está demasiado lejos de Frei y de Piñera como para convertirse en una alternativa viable en el poco tiempo que queda para la elección.

No nos equivoquemos: el 3er lugar en primera vuelta es una derrota para quien quiere ser presidente. Si la estrategia de MEO fuera pensando en el 2014, no se habría enemistado con todo el establishment de la Concertación. Quemó sus naves por esta elección. Si tenía la oportunidad de ser la renovación dentro del oficialismo, hoy sólo le queda intentar reemplazarlo. Y a menos que logre construir una plataforma política robusta de aquí a la primera vuelta, no llegará con fuerza al 2014 donde ya no será novedad.

La promesa de MEO no fue suficientemente potente como para derrotar a Frei. Pero sí fue suficiente como para arrebatarle la bandera de la renovación a Piñera, quien pareciera que se quedará nuevamente mirando el cambio de mando desde su TV.

Entonces, hoy los focos y miradas vuelven a Frei, quien dejará de preocuparse de MEO y podrá enfocarse en Piñera, con quien ya está empatado en la segunda vuelta, donde pronto lo sobrepasará. Hoy se definieron quiénes son los “perros grandes” de esta elección, con Frei como el candidato a derrotar.

Éste, tras meses conflictivos dentro de su campaña, tiene hoy la oportunidad irrepetible de dar vuelta la página y usar este hito de su campaña como un punto de inflexión que le permita retomar el protagonismo. Su principal amenaza hoy es él mismo. Si los focos y miradas no logran encontrar algo atractivo en su persona, propuestas o campaña, puede perder la elección “sin moverse de su escritorio”.

Si bien la elección sigue abierta, temo que será menos entretenida. Mientras el establishment concertacionista respira tranquilo, y quienes aspiraban a la alternancia, renovación o juventud comienzan a pasar de la preocupación, a la desesperación y al desconsuelo.

La nueva izquierda

Uno de los fenómenos menos discutidos de la irrupción de Marco Enríquez-Ominami en la carrera presidencial, es la virtual desaparición de los otros candidatos de izquierda. Tanto Arrate como Navarro

El caso del primero es curioso, ya que el candidato fue escogido justamente para ampliar el alcance electoral de la izquierda. Venido de la Concertación, la lógica izquierda-derecha dice que su llegada subiría la votación histórica de entre 3 a 6% que ha tenido la izquierda los últimos años. Pero a pesar que cada uno de los candidatos de la izquierda marcaba entre 1% a 2% (Hirsch y Tellier, además de Arrate), hoy el candidato unido no supera el 1%.

Navarro, en cambio, intenta representar una nueva clase de izquierda en Chile. Una populista y latinoamericanista, siguiendo el modelo que Chávez ha intentado reproducir en la región. Sus primeros meses de campaña fueron promisorios, logrando rápidamente juntar las firmas para inscribir su candidatura y su partido, el MAS. Marcando además entre 2 a 4% en forma constante y superando a todos los demás candidatos de izquierda. Pero las últimas semanas, ha bajado al nivel del 1% de apoyo.

¿Qué pasó?: Marco Enríquez-Ominami pasó. De alguna manera este nuevo candidato se está llevando, no solo parte de la votación joven, liberal y transversal, sino que su principal grupo de apoyo pareciera ser quienes antes votaron por Gladys Marín y luego por Tomás Hirsch.

Dada las enormes diferencias entre Marco con Arrate y Navarro, pareciera que la concepción tradicional que el votante de izquierda está detrás del discurso estatista y la estética sesentera, está demostrando ser equivocada. Resulta que la institucionalidad de izquierda chilena estaba aun más anquilosada que la Concertación o que la Alianza. Estaban aun más lejos de las aspiraciones de su electorado de lo que están hoy Frei y Piñera. Al parecer año tras año le servían a su electorado opciones pálidas, más ajustadas a lo que la dirigencia creía era popular, que a lo que sus votantes realmente deseaban. Y hoy, justamente por eso, el electorado de izquierda está abandonando a sus dirigentes históricos.

Más allá, pareciera ser que la principal revolución que nos trae MEO no es la renovación generacional de la política, sino su renovación ideológica.

La razón está en que los ejes en torno a los cuales se ordena la política no son definidos por sus dirigentes ni por sus instituciones, sino por los votantes. Y al parecer estos ejes están cambiando. Se vislumbra una nueva izquierda.

Esta nueva izquierda que se ve representada por MEO y que dejó a la vieja guardia sola y abandonada, se define por estar más preocupada de las libertades individuales y los temas valóricos que del rol del Estado, y ya no parece estar dispuesta a seguir viviendo en torno a la figura de Pinochet. No tiene terror de entregar un 10% de las empresas públicas a privados ni a flexibilizar el empleo, porque le reconocen un valor intrínsico al mercado. Pero por sobre todo, se define hambrienta de cambio y renovación.

La nueva izquierda, entonces, abandona las banderas del siglo XX por considerarlas superadas. Y en ese ejercicio, pareciera verse además multiplicada en apoyos y adherentes. Personas definidas de centro o incluso de derecha hoy se ven representadas más por la misma candidatura de los nuevos izquierdistas, que de las candidaturas oficiales de los sectores a los que hasta ayer apoyaron.

La confirmación en el tiempo de este nuevo eje está en duda. Depende del éxito electoral actual y de cómo sea capaz de trascender los límites tradicionales de la izquierda para construir viabilidad política, conceptual y de relato. Pero por lo pronto, corre sola. Las viejas guardias de todos los sectores cuidan sus banderas de siempre sin entender esta nueva amenaza. Simplamente hablan otro lenguaje.

Piñera ya no corre como favorito

No es una noticia el decir que la candidatura de Sebastián Piñera pasa por su peor momento desde que inició oficialmente hace ya varios meses. Sus aliados se rebelan por motivo de la plantilla parlamentaria, renuncian algunos de sus principales colaboradores, sigue a la baja (lenta pero constante) en las encuestas y ya se habla de una candidatura de la UDI.

Pero más allá de la coyuntura, la candidatura opositora vive una crisis aun mayor. Los sustentos conceptuales de su éxito están cayéndose como castillo de cartas. Las razones que pocos meses atrás hacían esperable un triunfo opositor están desapareciendo.

Primero, está la aprobación presidencial. El sustento principal al argumento de la alternancia está en que a los chilenos no nos gusta lo que tenemos. Eso existió a finales del gobierno de Frei, quien con una popularidad que estaba bajo los 30 puntos, dejó a Lavín a las puertas de la moneda con su discurso de cambio. Hoy, con Bachelet -en plena crisis económica- encaramándose a los mejores niveles de Lagos, el argumento no existe: A los chilenos, estemos o no de acuerdo, nos gusta lo que tenemos.

Ahora, la popularidad del presidente saliente no tiene porqué tener relación con la calidad de su sucesor. Pero, tal como las teleseries entregan un piso de rating a los noticieros de la noche, la evaluación presidencial marca una ventaja -o desventaja- inicial para el sucesor oficialista. Y mientras Piñera esperaba tener a una Michelle desmoronándose en sus últimos meses, en su lugar se ve con un portentoso handicap en contra para enfrentar a Frei.

Segundo, tenemos al brutal desprestigio de la actividad privada como solución de los problemas y motor del progreso de Chile. Piñera esperaba que a estas alturas los chilenos estuviéramos cansados de la corrupción, la ineficiencia y los escasos resultados que muestran los gobiernos concertacionistas y recibiéramos con los brazos abiertos una propuesta y un protagonista que viene más de la tradición privada que de la estatal.

Pero la crisis mundial causada por la escasa regulación a los mercados -donde quienes se dedican al tráfico bursátil son vistos como causas del problema-, el escándalo de las farmacias y la historia reciente de fricciones entre Piñera y las entidades regulatorias, han cambiado el panorama. Hoy lo privado no es necesariamente bueno, ni más eficiente, ni más ético. Los chilenos ya no vemos que el cambio a la tradición “privada” sea la solución.

En tercer lugar, Piñera apostaba al desgaste de la clase política tradicional. Que no habrían candidatos que le pudieran quitar la marca de la innovación y del refresco. Que él sería el candidato de moda. Y así lo fue por mucho tiempo. Pero la sorprendente irrupción de Marcos Enríquez Ominami le quitó el piso. Si bien esta actual moda puede ser pasajera, al salir la atención de la novedad de Piñera y enfocarse en el nuevo “tercer candidato”, el RN termina igualado a Frei. Como parte del añejo establishment a derrotar mas que de la bienvenida renovación.

Si antes Piñera parecía tener la cancha despejada hacia sillón presidencial gracias a las falencias de sus rivales, hoy deberá demostrar sus propias virtudes. Ya no corre el ganar la moneda “sin moverse de su escritorio”. Esa posibilidad dejó de existir.

La campaña de Piñera fue diseñada para mantener la ventaja inicial. El contexto favorable, por sí solo, lo llevaría al triunfo. Por lo mismo, la campaña es conservadora y temerosa al movimiento. Hoy cuando la ventaja en el contexto ha desaparecido, su eventual triunfo depende del enorme desafío de volver a poner en movimiento a su maquinaria. Pero ahora no desde la cómoda delantera del favorito, sino desde la posición de quien nada tiene asegurado y poco tiene que perder.

Breve sobre el aborto

Hoy en La Tercera aparecieron datos de encuestas que hablan sobre la posición de los chilenos frente al aborto. Si bien al preguntar el acuerdo o desacuerdo con el concepto del aborto, la mayoría (67%) está en contra, los resultados son diferentes cuando hablamos del aborto terapéutico (48% a favor y 47% en contra), o de embarazos resultados de violación (57% a favor y 39% en contra). Estos resultados son coincidentes con innumerables encuestas de los últimos años. En general los chilenos no estamos a favor del concepto del aborto, pero sí apoyamos los casos particulares más traumáticos.

Ahora, en el contexto de la renovada discusión por el aborto terapéutico, la pregunta que podría salir tras ver estos números es: ¿porqué Piñera salta tan rápidamente a declararse en contra de todo tipo de aborto? ¿Por qué Frei prefiere que quede en la duda su posición en lugar de declarar que está a favor? Y más allá ¿Por qué ningún candidato presidencial chileno ha declarado fehacientemente estar a favor de la legalización de algunos tipos de aborto, cuando sabemos que varios sí han estado a favor?La respuesta rápida es que, por sus características valórico-religiosas, el aborto es un tema que es capaz de decidir el voto para quienes están en contra pero no así a quienes están a favor. Es un tema electoralmente unilateral en el sentido que si bien las posiciones están equilibradas, sólo una de ellas lleva gente a las urnas y puede ser suficiente para decidirse por un candidato.

El resultado, es que quienes están en contra del aborto (o a quienes les conviene aparentar estarlo) siempre estarán dispuestos a saltar rápidamente a declarar su posición, sin riesgo de perder partes relevantes del electorado. En cambio quienes sí están a favor, no pueden declararlo abiertamente, al menos mientras tengan el centro político en juego.

Por esto es notable la jugada de Frei, quien trajo el tema al tapete. En elecciones anteriores, era la derecha la que (generalmente por debajo) instalaba la discusión, en formato de acusación: el candidato de izquierda es pro aborto. Hoy, en cambio, Frei está dispuesto a correr el riesgo de perder cierto electorado de modo de asegurar su flanco izquierdo, en una movida más destinada a la clase política que al electorado. Aunque pareciera que más que valentía, es una muestra de la gravedad del desgrane de la Concertación hacia la izquierda.

Oscars 2009 - The Reader

the-reader-b.jpgDirigida por Stephen Daldry (Billy Elliot y The Hours), revisa críticamente la Alemania de Posguerra, a través de la historia de una guardia de Tranvías de edad adulta que guarda oscuros secretos y por ello se convierte en el chivo expiatorio para los pecados de muchos otros.

Situada inicialmente en Alemania Occidental de mediados de los años 50’s, la historia comienza cuando Hanna (Kate Winslet, nominada y favorita al Oscar por este rol) inicia una secreta relación con Michael (David Kross y luego Ralph Fiennes), un joven de 15 años, que dura sólo un verano, durante la cual demuestra gozar que su joven amante le lea detenidamente diferentes libros, tanto clásicos como novelas contemporáneas.

Años después, cuando el joven inicia sus estudios de derecho, como parte de una de sus asignaturas comienza a asistir a un juicio masivo de criminales de guerra nazis, siendo justamente Hanna la acusada principal. Pronto, Michael se da cuenta que conoce un secreto que exculpa a la joven mujer, pero le es imposible revelarlo.

Hanna termina por convertirse -sólo en su intimidad, distantemente compartida con Michael- en un símbolo de la inconsecuencia alemana de posguerra, donde a través de la búsqueda de culpables individuales para los grandes crímenes que cometió la nación completa, ésta intenta redimirse ante sí misma y a los ojos del mundo.

El papel de Winslet es uno de los más osados que he visto interpretar a una actriz consagrada. Tanto por la generosidad de los desnudos de un cuerpo que ya pasó por su mejor momento, como por la justificación a través de su persona, de valores asociados a las mayores villanías del siglo XX.

Con un paso que pareciera cancino, la película va develando sus capas sin grandes aspiraciones, pasando de ser una película romántica, a una política, a una profundamente humana, donde los defectos de Hanna y su búsqueda de superación y perdón marcan el paso.

Excelente. Aun no se estrena en Chile.

Con esto termina la serie Oscars 2009. Las apuestas son tan demoledoramente favorables a Slumdog Millionaire, que dar otro resultado sería poco responsable. La delicatessen india va a la vena del nuevo ánimo de los EEUU y mundial -reflejado por el inicio de la era Obama- y por eso ha sido alabada quizás superiormente a sus propios merecimientos. Pero de todas maneras, si sólo ven una de las cinco, definitivamente les recomiendo Slumdog. Fue por lejos la que más disfruté.

Oscars 2009 - Milk

poster-milk-sean-penn.jpgHarvey Milk fue la primera autoridad abiertamente homosexual elegida democráticamente en EE.UU.

La historia es el clásico movimiento ciudadano que llegó al poder. Un pequeño barrio de la ciudad de San Francisco a inicios de los 70’s comenzó a convertirse en un refugio para los homosexuales rechazados de toda la nación, lo que no evitó que el resto de los vecinos, en lugar de darles la bienvenida, los expulsaran de sus negocios. Milk lideró un simple concepto: identificó pública y periódicamente los establecimientos que mostraban signos de homofobia, haciendo que la comunidad homosexual (mayoritaria en las 6 cuadras de la “calle Castro”) no fueran sus clientes. Ésto llevó a la rápida quiebra de todos ellos y su reemplazo por establecimientos que no los rechazaran. Esto terminó por homogeneizar la población local, aumentar el atractivo para los gays del país y generar participación ciudadana que derivó en el primer movimiento de los derechos civiles homosexuales.

Luego de varios intentos, Milk fue elegido supervisor de la ciudad (una especie de concejal) y terminó su carrera política en tragedia.

Dirigida por Gus Van Sant (Good Will Hunting, Elephant, entre otras) y protagonizada por un omnipresente Sean Penn, quien interpreta convincentemente a un gay que guarda estricta similitud en lenguaje y maneras con el Milk real.

Una de las aproximaciones que hace interesantísima la película es la mezcla de la formación de comunidad -quizás la primera comunidad de homosexuales viviendo públicamente como tales desde los antiguos griegos- con la magnífica interpretación de la intimidad dentro de la misma. Parece constituirse en una sincera representación de una sociedad que a la mayoría de nosotros nos es ajena y extraña, cumpliendo con el objetivo de acercarnos a ella y comprenderla mejor.

Uno de los principales argumentos dados en la película para la lucha política de la causa gay era que, independiente de la posición política o valórica, los votantes eran mucho más sensibles a los derechos homosexuales si declaraban conocer a uno entre su círculo familiar o de amistades. Entonces, el camino a la victoria era salir del clóset y mostrarse públicamente. Películas como ésta logran a su vez entregar un pequeño grano de arena en la misma dirección.

Oscars 2009 - The Curious Case of Benjamin Button

el-curioso-caso-de-benjamin-button1.jpgDirigida por David Fincher (Se7en, Fight Club, entre otras) cuenta una vida al revés. A través de girar el ciclo de la vida en 180 grados, pretende -con bastente éxito- realizar un estudio a las edades, sus concepciones y en general lo que entendemos como vida.

Sus gargantuescos 166 minutos de duración pueden parecer excesivos para los espíritus inquietos, pero son necesarios para narrar la vida, desde nacimiento hasta la muerte, de Benjamin Button (Brad Pitt), un niño que nace con extrema vejez y mientras avanza su edad según el calendario, la va disminuyendo biológicamente.

Lógicamente, el sabor se logra a través de sus relaciones. Personas que envejecen mientras él “enjovenece” (no existe palabra en nuestro idioma). Sobretodo Daisy (Cate Blanchett), bailarina de Ballet obsesionada con su belleza, su cuerpo y su juventud. La relación entre ambos dura toda sus vidas, y justamente en ella está el corazón del argumento buscado: tomar una de las pocas certezas de la vida -que todos envejecemos-, darla vuelta y así ver qué ocurre.

Las actuaciones son correctas. Personalmente, encontré a Blanchett con una interpretación más potente. Pero el personaje de Pitt, por sus excepcionales cualidades, al mismo tiempo es más difícil de representar como más complejo es que la audiencia logre encontrar alguna cercanía con él. Es prácticamente un extraterrestre que llega a un mundo de seres extraños. Pero aquí, como alienado y distante, Pitt lo hace bien.

Punto aparte merecen los efectos especiales. Una combinación de fantástico maquillaje y efectos computacionales, nos entregan a un Brad Pitt anciano y aun más impresionante, uno muy joven, casi sacado de Thelma & Louise. En este respecto, la película es una obra maestra.

Ya que la certeza de la vejez no rige en esta historia, las palabras de la protegonista femenina logran encontrar una nueva certeza, válida tanto para la historia como para nuestra realidad: “De todas formas todos terminaremos usando pañales“.

En los cines hace un par de semanas. No recomiendo verla demasiado tarde o con demasiado sueño. Por mucho que logre involucrarnos, es demasiado larga como para arriesgarse.